Andar por el mundo con un pentagrama como camino, un acordeón como forma de ganarse la vida y un compañero para mitigar la fatiga, es una forma de vida en la que muchos de nosotros sucumbiríamos en la desesperación al tercer día. Acostumbrados a un salario, a una casa y unas rutinas establecidas. Acostumbrados a tener como meta la estabilidad del mundo que nos rodea e, igualmente, acostumbrados a que se nos hinche el ego cuando vemos lo que tenemos y lo comparamos con lo que otros tienen.
Efectivamente, yo tengo un ordenador y una casa, ellos no tienen fronteras.


















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